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Francisco de Javier

 

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  Huella universal

En el siglo XVI, tras los grandes descubrimientos geográficos, se trazan las primeras rutas interoceánicas que se adentran en territorios nunca visitados por los europeos. En ese tiempo, Francisco de Javier, hombre de familia noble, nacido en el Reino de Navarra, estudiante de universidad en París y participante con Ignacio de Loyola y otros compañeros en la fundación de la Compañía de Jesús, emprende un periplo que le lleva a recorrer a lo largo de once años, costas y ciudades, caminos y aldeas de Africa y de India, de Ceilán y Malaca, de Singapur y Molucas, de Japón y de los confines de China.

Propagando la fe cristiana, ayuda a los necesitados y a los enfermos, muestra los conocimientos de la civilización europea y transcribe en sus cartas las costumbres y creencias que observa en aquellos pueblos y países desconocidos hasta entonces. En todos los lugares que recorre, marca una impronta que sigue viva hoy, cinco siglos después; una huella cultural indeleble que conjuga los valores de Oriente y de Occidente, una estela de generosidad personal, de solidaridad y de inquietud espiritual que conforma la huella universal de Francisco de Javier.

Navarra

En el Castillo de Javier, bastión defensivo del Reino de Navarra, nació el 7 de abril de 1506, Francisco, el tercer hijo varón de la familia noble formada por Juan de Jaso y María de Azpilicueta. En este paraje, enclavado entre los valles pirenaicos y las tierras llanas que conducen al Ebro, frecuentado por pastores y almadieros, vivió Francisco su infancia y su primera juventud; en él forjó su carácter y su afán perseverante y de él tomó el nombre por el que es mundialmente conocido: Javier.

En Navarra, cuna de Javier y comunidad que lo tiene por patrono, las referencias a su nombre y a su recuerdo han sido constantes en cualquier ámbito. Hoy, el Castillo de Javier es un foco histórico y espiritual de primer orden, es un símbolo universal de Navarra, un lugar que congrega cada año a miles y miles de visitantes -peregrinos, turistas, estudiosos- de Navarra, de España y de todo el mundo, que llegan atraídos por la figura singular de Francisco de Javier.

París

Entre los 19 y los 30 años, Francisco de Javier vivió en París como estudiante y como maestro. Aquí se gestó su completa transformación interior. La palabra y el testimonio de Ignacio de Loyola le convencieron para llevar a cabo la singular aventura de formar, junto con otros compañeros, un grupo de vanguardia y renovación espiritual que le impulsará a extender la fe católica hasta el confín del mundo: la Compañía de Jesús, orden religiosa que será desde entonces un exponente singular de la Iglesia Católica.

Hoy París sigue siendo una ciudad universitaria y cosmopolita, monumental y bulliciosa, como era cuando la conoció Javier, que conserva numerosas huellas y referencias a su figura y a su imborrable herencia cultural y espiritual.

Italia

Javier llegó a Italia en 1537con intención de peregrinar a Tierra Santa y salió, sin embargo, designado por el Papa para evangelizar las Indias Orientales. En los tres años transcurridos durante su estancia allí, Javier alcanzó su madurez personal y espiritual. Fue ordenado sacerdote, trabajó en hospitales de enfermos incurables, predicó y actúo decididamente en los inicios de la Compañía de Jesús.

En todas las ciudades y otros lugares de Italia en los que Javier vivió esta importante etapa de su vida- Venecia, Roma, Monselice, Vicenza, Loreto, Bolonia,...- se conservan hoy referencias directas e indirectas a su figura y a su herencia espiritual.

Portugal

Entre junio de 1540 y abril de 1541, Javier vivió en Portugal esperando el inicio de su viaje hacia las Indias Orientales. Su estancia en Lisboa – y más brevemente en las localidades de Palma y Almeirin- fue un tiempo fructífero en el que Javier se impregnó del espíritu lusitano de su época, intimó con destacados religiosos y nobles de la corte, y muy especialmente con el rey Juan III, con el que forjó en ese tiempo, una amistad que perduraría hasta la muerte. Además, en Portugal, puerta de entrada a Oriente, Javier percibió los horizontes nuevos de su gran aventura como misionero de la Iglesia universal en Asia y como agente espiritual de la Corona lusitana. Hoy Lisboa y otros lugares de Portugal conservan el recuerdo de Javier como el de un personaje apreciado y venerado de su propia historia.

África

En su viaje hacia la India, Javier bordeó todo el continente africano en una interminable travesía, con escalas en Mozambique, Kenia y Socotra, conociendo sólo puntualmente la realidad de este continente, de impresionante riqueza natural, que hoy intenta huir de los muchos males que le aquejan: la guerra, la miseria, la injusticia, el hambre, la sequía, la enfermedad.

Pocos vestigios materiales restan del paso de Javier por estas tierras, pero sí se mantiene con fuerza su mismo espíritu generoso a través de miles de misioneros y cooperantes, que siguiendo la senda de Javier, viven hoy en distintos países africanos. Todos ellos comparten su vida con los más pobres, les ayudan en sus necesidades de educación, salud o trabajo y les prestan un valiosísimo apoyo moral y espiritual para seguir adelante.

India

India fue el primer destino de Javier en el continente asiático, el país que en más ocasiones y durante más tiempo recorrió en su periplo misionero, y el lugar de su sepultura definitiva. Por todo ello, India conserva hoy la huella viva de Javier, de este nombre venerado e invocado de igual modo por hindúes, musulmanes y cristianos; nombre que se hace visible en iglesias y colegios, en libros o en sellos postales.

País rico en vitalidad y en sentimiento, en color y en tradiciones, país de profunda sensibilidad espiritual, auténtico mosaico de religiones, en el que la herencia de Javier continúa hoy palpitante a través del trabajo generoso y abnegado de muchos misioneros que ayudan, curan, enseñan y consuelan a los más necesitados. País que sigue impresionando al visitante con la misma fuerza que emocionó a Javier a su llegada, en 1542, y que le llevó a decir de él: "En mis días vi lo que tanto desee".

Sri Lanka, Malasia e Indonesia

Desde India, Javier alcanzó la isla de Ceilán (actual Sri Lanka) y vivió los fuertes enfrentamientos entre los reinos locales. Más tarde viajó a Malaca, la ciudad real de los malayos convertida en el puerto comercial más importante de Asia, que le sirvió, a lo largo de cinco estancias diferentes, como "cuartel general" para preparar sus viajes a Molucas, a Japón y a China.

Las Molucas, archipiélago de mil islas situado en Indonesia, fueron el escenario de la actividad incansable de Francisco de Javier durante quince meses. Afrontando todos los peligros, visitó varias de las islas en las que había pequeñas comunidades cristianas.

Hoy perduran en estos países restos monumentales de la importancia estratégica que estas tierras tuvieron en el siglo XVI para el comercio mundial y para el intercambio entre culturas. La memoria de Javier se conserva en algunos lugares, a través de comunidades, iglesias y obras sociales de ayuda a los más necesitados, y en otros se ve oscurecida por crueles luchas fratricidas que han sembrado el odio entre practicantes de distintas religiones.

Japón

Javier vivió en distintas regiones costeras e interiores de Japón durante veintisiete meses, entre agosto de 1549 y noviembre de 1551.

En este tiempo, y a pesar de encontrarse en un país desconocido y peligroso, aprendió los rudimentos de la lengua japonesa, dirigió la traducción al japonés de un catecismo, conversó con agricultores, comerciantes y artesanos, mantuvo debates con bonzos budistas y samurais, fue recibido por tres de los hombres más poderosos de aquel tiempo y expresó en sus cartas la magnífica impresión que le produjo el pueblo japonés.

Hoy Francisco de Javier es conocido por la generalidad de los japoneses -su nombre, y con frecuencia su retrato, aparece en los libros escolares de Historia de Japón- y es valorado como el primer occidental ilustrado que conoció la cultura japonesa y dio cuenta de ella a las naciones occidentales. Su memoria es mantenida, no sólo por los católicos, sino por el conjunto de la sociedad japonesa, que lo considera como un personaje histórico propio.

Singapur y China

En julio de 1552, navegando rumbo a China, Javier fechó las que serían sus penúltimas cartas en el estrecho de Singapur. Aquel lugar deshabitado entonces, se convertiría a partir del siglo XIX en una populosa ciudad-estado, un puerto de intercambio comercial heredero de lo que fue la Malaca portuguesa y en un nudo de comunicación aérea de primer orden. Por todo ello, Singapur es hoy el paradigma de la relación entre Oriente y Occidente, propugnada por Javier en el siglo XVI.

La muerte sorprendió a Javier antes de conseguir su más difícil objetivo: ingresar en China. En la isla de Sancián -actual territorio de la República Popular China- donde Javier murió el 3 de diciembre de 1552, una iglesia levantada en el siglo XIX y restaurada en varias ocasiones, la última con ayuda de Navarra, recuerda al santo y conserva su primer sepulcro. En las proximidades se encuentran Cantón, la gran urbe china con la que soñó Javier, y Macao, la colonia portuguesa integrada en China en 1999, que conserva monumentos y reliquias de Francisco de Javier.

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