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Francisco de Javier

 

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  Francisco de Javier

Francisco fue el menor de cinco hermanos en la familia formada por Juan de Jasso, doctor en Leyes por la Universidad de Bolonia y presidente del Consejo Real de Navarra y por la noble María de Azpilcueta. El castillo de Javier, bastión defensivo del Reino de Navarra frente a las tierras de Aragón, fue el lugar de nacimiento, infancia y juventud de Francisco, la roca sobre la que forjaría su personalidad enérgica y decidida y su talante generoso y espiritual, que mantendría a lo largo de toda su vida.

A los 19 años, Francisco marchó a París y estudió Filosofía en la Sorbona. Una completa transformación interior, propiciada por su intensa amistad con Ignacio de Loyola, le llevó a cambiar el rumbo de su vida y a participar con él en la fundación de la Compañía de Jesús, grupo de vanguardia y renovación espiritual, y a extender la fe católica hasta el confín del mundo.

Recorrió distintas ciudades de Italia -Venecia, Bolonia, Vicenza y Roma- y desde Portugal, donde trabó una firme amistad con su rey Juan III, partió para las Indias Orientales como representante papal.

Llegó a la India, recorrió la costa de la Pesquería y alcanzó en su recorrido hasta Ceilán y Malipur. En 1545 viajó a Malaca, punto estratégico de las rutas portuguesas hacia Oriente y prosiguió su misión en las islas Molucas, tras una aventurada travesía de 3.500 kilómetros.

Posteriormente, Francisco alcanzó las costas de Japón, país desconocido en Occidente hasta pocos años antes, del que los europeos sólo habían oído hablar a Marco Polo, bajo el nombre legendario de Cipango.

Francisco de Javier fue el primer occidental que se adentró en el territorio japonés, que visitó sus ciudades, que trató con sus habitantes, vistió su ropa, comió sus guisos, y descubrió y admiró sus costumbres. A través de las cartas de Francisco, Occidente recibió la primera noticia cierta de la existencia de aquel mundo nuevo.

Recorrió Kagosima , Hirado, Kioto, Bungo y Yamaguchi, donde se presentó ante su poderoso daimio, Ouchi Yoshitaka, quien le permitió predicar en las calles de su ciudad. Javier adquirió por ello una gran popularidad entre la ciudadanía y se convirtió en prototipo de la civilización occidental, ignorada hasta entonces en Japón.

Desde Japón, Francisco regresó a India y emprendió una nueva expedición con la idea de adentrarse en el gran imperio chino, el más poblado y poderoso del Oriente, en el que estaba penada con la muerte la entrada de cualquier extranjero. Lo intentó insistentemente pero murió a las puertas de China, en la isla de Sanchuan, cerca de Cantón. Su cuerpo fue trasladado, con veneración y fervor popular a Malaca y posteriormente a Goa, donde es venerado permanentemente desde entonces.

La Iglesia Católica lo declaró santo y lo nombró patrono de la juventud y de las misiones. Su tierra natal, Navarra, lo declaró desde el primer momento patrono del Reino. El recuerdo y la veneración por Francisco de Javier se extendieron por todos los continentes y hoy continúa siendo una referencia insoslayable de la cultura universal.

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